VENUS Javier Garcia Carrillo
Fue impresionante desde el momento en que crucé el umbral de su atmósfera. Los colores invadían todos mis sentidos... No hallaba el instante para romper en llanto, azorado por la violencia con que aquel paisaje me mostraba hasta dónde desconocía la verdadera belleza. Venus era mi segundo origen, el ápeiron de mi alma. Y es que siempre había sentido la necesidad de estar en ahí, porque en la vida sólo he sido un hombre que vive mirando el cosmos, viviendo de una estrella que no es tal... de una luz que muere cada amanecer. Venus mi planeta, la estrella más atractiva y falsa de toda la bóveda celeste, con su suelo de polen rosa y su aire de polvo estelar. Los montes parecían plumas de gorriones apiladas, si te acercabas mucho volaban como dientes de león. Los valles parecían escamas de peces hechos de gas y su cielo era heaven y no sky. Descendí sin darme cuenta, en un colchón de sal. Explorando cada paso incierto y definitivo como lo hace un ciego o un desconocido. Yo no era menos ni más. Aquel lugar parecía universo, me hacía ínfimo a pesar de mis muchas caminatas lunares y de mis viajes astrales. Simplemente no tenía elementos para estar ahí. No era un atlas ni un cometa, por eso me rendí. Cerré mis puños llenos de nada y enterré mis ojos en sus dunas. Yo era entonces la única ponzoña de aquel desierto y mi carne moribunda laceraba el ecosistema como el filo de una daga. El mundo entero me había enviado hasta ese sitio y yo me había arrojado temerario a enfrentármele, como si fuera fácil ser Adán, y como si tantos años luz de otro ser vivo no fueran contundentes al mostrarte cuanto necesitas verte vivo en los ojos de la otredad. Estaba muriendo. La calma despertaba un temblor en mis piernas y su silencio era una tensa horca en mi garganta. Reventaba por dentro, jadeando desde el estómago hasta todos mis recuerdos. Sentía a sus nubes consumiéndome como buitres. Entonces comenzó a tragarme entero, sin masticarme, sin sentir el sabor de mi piel y mis huesos. Venus me estaba engullendo, me desaparecía. Venus me convertía en Venus. No quise escapar, después de todo no podía. Así que abrí mi corazón y me entregué a la muerte, a ese dulce estado que bien sabe Dios es el punto culminante, justo antes del derrumbe. Después ya no sé dónde estaba yo. El tiempo era un letargo líquido, la materia una onda en expansión, una huella de ludo en la escalera de los ángeles. No podía sentir, ahora era la oscuridad y yo, la vida y yo, como si repentinamente me hubiese convertido en verbo y ya sólo pudiera estar aire, estar viento... Todo se mezclaba conmigo, tomando de mí las partes suyas del rompecabezas que había sido. Intenté recurrir al lenguaje, ordenar estructuras... pensamientos, mas no atine a definirme en nada, como si le preguntan a la luz qué siente del azul y el rosa. Ahora estaba más lejos de mi, pero más cercano. La lengua ya no me era necesaria, la voz me emergía clara y sin sonido. Por vez primera reconocí el amor, y me escurrí en él en el último de mis sacrificios. No percibí, ni olí, ni creí por fe. No hice testamento, ni epitafio, ni despedidas. No me aleje. No llegué. No me liberé ni me aferré a nada. Solo dije mi nombre y desapareció, repetí mis palabras y desaparecieron, pensé en mí y desaparecí conmigo.
De tiempo y libertad
Con especial dedicatoria a la salis terrae de estos días aciagos: MZR.
Perder esta noción... más aún, desconocerla, implica sentidos opuestos: morir o renacer. Se trata de acceder al estado de presencia hiposocial que tanto temen los esclavos de la rutina y al que tanto se aferran esos afortunados y exóticos marginales llamados niños, bohemios o locos.
No hemos aprendido (acaso nunca lo hagamos) a vivir sin tiempo. Tiempo y vida social parecen ser nociones complementarias que sólo con una vocación de cambio en las perspectivas podrán hacerse excluyentes. De esta forma busco que el objeto fundamental de mi existencia sea la búsqueda de la más clara forma de negación del tiempo... Tal vez por ello ahora sólo me preocupa el presente, tal vez por la misma razón soy egoísta, pragmático y ansioso... Lo que es seguro es que, precisamente por ese afán de oponerme al tránsito y al flujo me la paso inventando momentos aislados en la mente. Mi vida se está volviendo un collage de aforismos.
Me preocupa el grado de restricción física y experiencial en el que el devenir nos ha sumido...
Y es que, ¿lo has notado? Hasta hace poco más de un siglo los reos y los esclavos se controlaban con gemelos, grilletes y cadenas. Con el auge del humanismo moderno las nuevas víctimas de la sujeción estamos atados con relojes, convenios y compromisos que restringen nuestra movilidad gracias a la acción del reloj, el cheque y los localizadores.
Mi eterna pregunta: ¿Hemos sido en algún momento realmente libres? ¿acaso no nuestra defendida libertad consiste precisamente en el afan por ligarnos a compromisos y relaciones con mayor frecuencia?... No podemos hablar de la esencia del ser libre cuando, lo único que hacemos es cambiar de amo constantemente.
cheap hotels in LisbonEl día en que más disfruté tu compañía fue aquel en el que olvidé el reloj sobre el buró. Tu sonrisa se volvió permanente y el brillo de tus ojos borró todo el entorno. Por primera vez sentí como tu sientes y viví como tu lo haces mi niña de presente.
El tiempo es sólo cantidad. Hablar de calidad implicaría -por principio- deshacerse de esa noción tan restrictiva y sustituirla por una más cercana a lo actitudinal y a lo visceral, es decir: a la locura: la que vence los minutos, los días, las edades y los objetivos.
La esencia de lo atemporal es lo verdaderamente importante en tu vida, en la mía y en la de cualquiera otro: es el destello de sentido que trasciende el momento y se ancla en la memoria o es, sencillamente lo que nunca existió para otros y fue creado por la aspiración de las muchas memorias en tu interior.
Quienes mejor han aprovechado las horas, la marcha de los días y el flujo de los años han sido los místicos. Esos que han comenzado a forjar la eternidad en su universo particular. Tal vez ese sea tu secreto...
Saciaré mi sed de infinito el instante mismo en que pueda borrar de mi vida todo rastro de responsabilidad. |  | Entrevista con Elsa Osorio
No se puede vivir tapando el sol con un dedo
Elsa
Osorio ha tocado diversos géneros literarios: novelas, ensayos y hasta parodias, porque frecuentemente incursiona en el humor. En el libro que publicó en GrijalboMondadori, A veinte años, Luz, clama por la aplicación de la justicia a partir de una historia particular de los niños desaparecidos de la dictadura argentina. Niños nacidos en cautiverio que fueron arrebatados a sus padres, o que una vez muertos sus progenitores, víctimas de la represión, fueron ocultados a sus familiares para que militares y civiles cómplices del aparato represivo, pudieran repartírselos según su gusto.
La Literatura fantástica,tan enriquecedora como la realidad SOCORRO MARTÍNEZ C. La literatura fantásticasuele reconocerse comoaquella que habla de lo noreal, lo inexistente, lo fic-ticio,eso que sólo es posible en la imaginación yla fantasía. Su campo deacción se ubica fuera dela realidad y su principalvirtud es, quizá, rompercon todos los límites queésta le impone.No obstante, la tarea de dicta-minarlo que es literatura fantás-ticade la que no lo es, resultacomplicado, incluso para las au-toridadesen la materia que hanllegado a plantear diversas y has-tacontradictorias definiciones.La mitología, por ejemplo, estállena de elementos fantásticos, deigual manera que la Biblia y nopor ello se consideran literaturafantástica. Lo mismo ocurre connuestras raíces histórico-cultura-lesen las que se aprecia una ten-denciaa ver la naturaleza comouna serie de fuerzas misteriosasimpregnadas de leyendas, conse-jas,mitos y creencias, que hacendifícil determinar la línea diviso-riaentre lo real y no real.Tal vez en ello reside una espe-cialfascinación de la condiciónhumana por penetrar en mundosajenos quizá sólo aparentemen-tea su realidad. El mismo JorgeLuis Borges afirmaba que toda laliteratura es fantástica
 Taller de literatura
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